Elsurdelola's Blog

Los revolucionarios de biblioteca

Posted in caretas by Lola Mendoza on enero 20, 2010

A mí, Manu Chao hace un buen rato que terminó por caerme mal.  Me pasó que un buen día el cuento de “soy un francés burgués que voy por la vida tratando de sentir lo que es ser pobre y oprimido en América Latina para hacer canciones lindas que le gusten a la gente que dice ser de izquierda”, dejó de parecerme cool. Y juro que no fue porque leí aquellas declaraciones de Fito Páez.

Yo me crié en un vecindario de principalmente clase media baja donde convergía un montón de gente de distintas nacionalidades y culturas.

Portugues@s, español@s, chin@s, italian@s, ingles@s, gring@s. O argentin@s, chilen@s, uruguay@s, brasiler@s y cuban@s que escapaban de sus países. O colombian@s, bolivian@s, ecuatorian@s, mexican@s y, claro, venezolan@s. Había más, seguro, pero esas son las principales que recuerdo.

Un montón de, como dije, gente de distintos orígenes fuimos a parar, por alguna razón (me parece que fue medio una iniciativa gubernamental de viviendas para clase media baja, nunca lo corroboré, pero alguna vez lo escuché) a ese complejo habitacional de 12 edificios de 20 o 22 pisos y cuatro departamentos, en algunos casos hasta cinco, por cada uno.

Muy cerca de estas residencias teníamos barriadas populares marginales (o marginadas, en realidad) importantes,  que acá en Buenos Aires llaman Villas, como Campo Rico o Petare. La primera, a menos de cinco cuadras. La segunda, a unas veinte.

Quizás sea por todo esto por lo que las exclusiones sociales y la xenofobia no eran temas muy corrientes en esas residencias. En cuanto a orientación política, cuál otra iba a ser, sino de izquierda.

En el piso 19 de mi edificio vivían unos hermanos. Lo más lindo de ir a sus cumpleaños era que las de la trova cubana o las de Alí Primera iban a ser las canciones protagonistas de la velada, cantadas a viva voz por los amigos barbudos del padre de los chicos. Claro, también estaban las fotos del Che y de Fidel Castro.

En el edificio al lado del mío, de tanto en tanto se repetía la misma escena: de pronto, un montón de patrullas. Al rato, el hermano mayor de otros amigos esposado y sin camisa salía, llevado por un par de funcionarios, en medio de la lluvia de botellas que lanzaban los vecinos para defenderlo. Era un líder estudiantil de algún partido de izquierda (hoy, presidente de ese partido que, casualmente, es el único que me hace ojitos, junto a Voluntad Popular) al que la “democracia” castigaba cada vez que había manifestaciones en la UCV (Universidad Central de Venezuela).

En el colegio público las caras de los compañeros eran casi las mismas porque la mayoría de l@s panitas también estudiaban ahí.

Digo casi, porque en la escuela la cosa variaba un poco. Es que, como era muy bueno (en algún momento lo catalogaron como uno de los mejores de América Latina), no sólo estudiábamos los de clase media baja y baja, sino que también estudiaban chic@s de clase media alta y alta.

Así, era común bajarse del autobús  o del transporte escolar en la puerta del colegio,  justo en el momento en el que a algún compañerit@ lo estaba dejando el chófer de sus padres. Sí, era injusto: unos tenían un montón y otros íbamos remándola.

Creo que de ahí me viene la conciencia de mi ubicación en el espacio. Por ejemplo, yo sabía que los míos no iban a ser varios, sino un solo par de zapatos al año (a veces, dos) y que si perdía la moneda del autobús estaba rejodida, mientras estos chicos lucirían sus muchos pares de zapatos y ni qué preocuparse tenían por monedas ni de cómo llegar a casa. Pero no recuerdo tomármelo con amargura profunda, porque además, yo podía ir un fin de semana a un cumpleaños en una gran urbanización del este de caracas y al siguiente a otro en algún barrio popular del oeste de la ciudad.

Más adelante se hizo común que algunos amigos de infancia se dedicaran al riesgoso y competitivo negocio del menudeo de drogas. Con lo cual, no caer en el vicio era más un asunto de fuerza interior que otra cosa, y no mirar esto como lo veían las contadas señoras de copete, lo corriente, como también lo era visitar alguna vez a un amigo en cana porque lamentablemente no le cumplió las exigencias a algún policía de turno, de esos que iban a surtirse en las resi.

Suena rudo decirlo, pero las mayores probabilidades de echar pa’lante en estas residencias donde me crié se daban en la gente que se largaba de ahí. Así que un buen día, y embarazada con quince años de edad, yo también me largué, sin fiesta de despedida.

Fue a esta excelente crianza en esas calles y aulas de la vida a la que creo le debo en parte que mis prejuicios sean pocos (bueno, creo que son pocos). De ellos, hay uno que me carcome: no me banco, no paso, no me calo, no soporto y no tolero a los bolcheviques de pent house (en Venezuela, por pent house se conoce a los departamentos de los últimos pisos cuando son más amplios que el resto del conjunto),  a la izquierda caviar, a los revolucionarios de biblioteca. De estos he conocido MUCH@S acá en Buenos Aires.

Si pudiera sugerirle algún personaje al capo, al grande, a mi ídolo Peter Capusotto, se lo describiría así: lleva remera del Che (aunque a veces no), zapatillas converse (a pesar de que asegure odiar a los yanquis y a su capitalismo salvaje), pantalones chupines, cabello despeinado (puede ser sucio y hay los que usan dreadlocks), cruzan la piernita como si fuesen grandes intelectuales mientras fuman un porrito y hablan mal del capitalismo asegurándose marxistas y generalmente sin haber leído El Capital. Viven en Capital Federal, en su vida han visitado una villa y rehúyen de lo latinoamericano porque los “latinoamericanos” son otros, ellos, ni en pedo (un poco tipo Micky Vainilla, pero de “izquierda” y con más asco ¿?).

No saben bien dónde queda Venezuela, pero se cagaron de risa cuando el Indio Solari dijo no sé qué de Los Fabulosos Cadillacs (“pedorretas”, los llamó en realidad) en “Guatezuela”, palabra que seguramente les sonó a poesía, sobre todo porque están seguros de que queda en Centroamérica.

De Fidel sólo conocen los éxitos de su revolución, así que repetirán hasta el cansancio que la salud, la educación, la cultura… No tienen idea de que, de las pocas cosas buenas que tuvo Cuba antes de él, ya estos rubros lo eran. La revolución (aquella sí lo fue) los potenció. Castro era un visionario (él sí).

Saben MUCHO, TODO, sobre Chávez. Más que cualquier especialista o venezolan@ que haya vivido en carne propia su gobierno de más de una década. Pero ese “todo” no incluye datos importantes como: que es militar (teniente coronel), que participó en un golpe de Estado en el que murió gente inocente, que su gobierno está lleno de militares, como él, ya que uno de los pocos logros de la república que lo precedió: mantener a los militares alejados de las cuestiones civiles, quedó atrás en su gobierno. Pero eso sí, tod@s est@s “izquierdos@s” (en serio juran que lo son) son, casualmente, “antimilicos”.

Pero el dato que mejor me ayudaría a describir a estos “posers” que dicen ser de izquierda sobre la base de sus conocimientos (algunos los tienen) de libros viejos, la mayoría caducos, y sus casi nulas experiencias de vida en los ámbitos que dicen defender es que escuchan y siguen a Manu Chao.

Qué sé yo, crecí escuchando a los grandes de la trova cubana, a Alí Primera o a las Fania y me crié en esas residencias.

N. Claro, a Manu Chao también lo escucha gente luchadora social en serio.

N2. Luego le contaría a Capusotto sobre otros personajes, más del lado del consumismo “cerdo capitalista”, pero como esa no es mi idea, sino la de una pareja amiga, mejor no la publico sin el permiso respectivo y me espero a ver si el grande Capusotto un día de estos me llama 🙂

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